La primera traición: un mundo que no me esperaba
Mi historia de vida comenzó con una primera traición: el lugar seguro —el vientre de mamá— se convirtió en una trampa, testigo de una asfixia perinatal. Nací morada, en una cesárea de emergencia, y mi primer recuerdo no fue amor, sino una lucha brutal por el aire para no morir. Luego vino el aislamiento en una incubadora. Este evento grabó en mi inconsciente un mensaje de profunda desconfianza somática: “No hay recursos suficientes para mí y estoy indefensa.”
Durante años conviví con un trastorno de ansiedad generalizado y diversas fobias: claustrofobia, miedo a morir ahogada, miedo a tragar pastillas, fobia a la sangre, entre otras. Le temía a todo lo que no estuviera bajo mi control y pudiera matarme. A esta batalla silenciosa se sumó un estreñimiento crónico, signo físico de que mi cuerpo se aferraba a la supervivencia y le costaba procesar y soltar. Mi vida adulta se convirtió en el desafío de reparar esa memoria de nacimiento, transformando la lucha por sobrevivir en una celebración consciente de la vida.
El cuerpo que gritaba lo que el alma callaba
Desde bebé, mi cuerpo habló por mí. Sufrí estreñimiento crónico. Mi madre, agotada con cuatro hijos, intentaba ayudarme, pero con dureza e impaciencia. Hoy entiendo que cada vez que me gritaba había impotencia; sin embargo, su severidad reforzó mis miedos, y aprendí a callar para no molestar.
Recuerdo en la adolescencia episodios de falta de aire, temblores, taquicardias y pánico. Eran ataques de ansiedad, pero en casa nadie hablaba de eso ni lo comprendía. Me llamaban hipocondríaca, decían que buscaba llamar la atención. Seguí callando para evitar burlas.
Mi refugio fue una estampita de Jesús que mi padre me regaló antes de separarse de mamá y dejarnos. Ahí descubrí algo profundo: la fe puede habitar incluso en medio del abandono. Desde entonces también sentí curiosidad por la espiritualidad.
La ansiedad y el estreñimiento crónico que tanto atormentaron mi vida hasta la adultez fueron grandes maestros. Dos de las muchas razones que me llevaron al mundo del desarrollo personal. Hoy enseño a mis clientes a dialogar con los síntomas y no temerles.
La Psicología Cognitivo-Conductual, la Hipnosis Ericksoniana, las técnicas de PNL, el Mindfulness, las Constelaciones Familiares y la Descodificación Emocional son herramientas que me ayudaron a comprender cómo el cuerpo somatiza los traumas inconscientes y cómo todo lo que de pequeña no podía expresar, mi cuerpo sí lo hacía. Aprendí también a tener una mirada sistémica de los problemas, entendiendo que hay patrones que se arrastran de nuestros ancestros.
La niña invisible
De niña y adolescente me sentí siempre invisible.
Fui tímida, callada, muy aplicada y responsable.
En casa se reían de mi silencio: “¿Dónde está Luli? ¡Ni se le oye!”.
Eso, más que darme confianza, me invitaba a callar más.
Mi hermana mayor era la espontánea, la bonita; mi hermano mayor, el intelectual, el de la facilidad de palabra.
Y yo… yo era “la aplicada, la obediente”.
Los admiraba a ambos, quería ser como ellos, pero la timidez y las inseguridades no me dejaban mostrarme.
Y aunque de niña eso dolía, con los años entendí que esa “niña invisible” se convirtió en otra gran maestra. El silencio me enseñó a ser observadora, analítica y a saber escuchar. Aprendí a escuchar no solo con los oídos, sino con los ojos, interpretando el lenguaje corporal y utilizando mi intuición.
En la terapia de sanación de la niña interior —una de las más importantes en mi Centro— hoy enseño cómo, a través de esta metáfora, podemos sanar esas heridas de infancia y entender los comportamientos que limitan el presente.
El Método LGC, que diseñé, combina esta hermosa terapia con Psicología, Hipnosis, Coaching, PNL y otras técnicas poderosas.
La controladora
Mi padre era militar. Su vida estaba marcada por la disciplina, la distancia y las ausencias. Cuando tenía trece años, mis padres se separaron tras una historia de infidelidades. Él formó otra familia y nosotros pasamos de la estabilidad a la escasez.
Mi madre, que lidiaba con su dolor y tristeza, no supo cómo manejarlo y vendió todo lo que teníamos para sobrevivir. A la par, yo atravesaba una crisis por mi orientación sexual. La lucha interna de sentirme rechazada por una iglesia y un Dios en los que me refugié por años, por una sociedad prejuiciosa y poco empática, terminó por desestabilizarme.
En medio de ese caos, mi adulta aprendió a no confiar en nadie más que en sí misma; a ser fuerte, responsable y autoexigente. Mi ego —esa máscara conductual que buscaba protegerme del dolor— eligió ser dura, mantener todo bajo control, estar alerta, resolverlo todo, ser autosuficiente y perfeccionista.
Algo en mí decidió enfrentar la vida con osadía, levantar la voz que por años había permanecido callada. Empecé a construir mi confianza e imagen utilizando el control como herramienta. No era consciente de cómo esa nueva máscara iba a afectar mi vida: multiplicó mi ansiedad, me volvió exigente conmigo misma y disparó miedos que más tarde me llevarían a una adicción.
La herida de abandono y traición que marcaron mi niñez y adolescencia —metáforas que hoy usamos en la terapia de la niña interior— también marcaron mi historia.Años después, conocer esta terapia me ayudó como ninguna otra a entender y sanar estas conductas desde la raíz.
El punto de quiebre
En la adultez llegué a tocar fondo. Los años y mi personalidad controladora me habían llevado a un crecimiento profesional sostenido: destacaba en ventas, negociación y liderazgo. Ganaba mucho dinero para mi edad, dinero que no supe manejar porque detrás de mi éxito profesional se escondía una mujer llena de inestabilidad emocional.
Mi vida personal era un caos: relaciones tóxicas, exceso de alcohol, conflictos familiares, ataques de ansiedad y pánico que no controlaba, fobias incrementadas. Además, había caído en una adicción al juego, buscando llenar mi soledad e inseguridad con la ilusión del control. Perdí dinero, amor, autoestima y rumbo. Mi inestabilidad me hizo perderlo todo, sobre todo mi amor propio.
Toqué fondo el día que me di cuenta de que no tenía ni un sol en el bolsillo, ni siquiera para comer. Recuerdo que unas amigas me ayudaron sin juzgarme, y ese gesto de amor encendió mi esperanza. Me di cuenta de que no estaba sola. Que quizás había arruinado mi vida en muchos aspectos, pero nunca dejé de ser una buena amiga, hija, hermana y profesional.
Volví a empezar desde cero. Regresé al trabajo y pronto me convertí en gerente de ventas. Potencié mis dones naturales: liderazgo, comunicación y empatía. Pero más allá de retomar el éxito profesional, algo dentro de mí seguía buscando sentido.
Aún me sentía insegura…
“Soy tonta”: mi creencia limitante
Cuando terminé el colegio, no había dinero en casa. No me quedaba otra que postular a una universidad nacional.
En casa, mamá tenía una creencia limitante: “Las mujeres somos malas para las matemáticas; por eso ninguna ha ido a la universidad.” Una idea que, sin querer, inculcó a mi hermana y a mí.
Incluso el hecho de destacar que mis hermanos hombres eran más capaces afectó mucho mi autoestima. Desde el colegio me fue muy mal en matemáticas; era excelente en letras, pero pésima con los números. Una profecía autocumplida.
Cuando me tocó postular, no ingresé. Mi puntaje fue muy bajo. Recuerdo la mirada resignada de mamá al insinuarme que debía dedicarme a otra cosa. Nunca más lo volví a intentar.
Nunca me sentí más tonta y avergonzada.Para no frustrarme más, decidí trabajar y estudiar inglés. Pensé que quizás podría enseñar idiomas más adelante.
A veces leía a escondidas los libros de mi hermana, que estudiaba Psicología; la admiraba por haber salido adelante sola y pagarse la universidad sin ayuda.
El mundo del trabajo, el dinero y el éxito que empecé a tener en ventas me hicieron olvidar pronto ese sueño. Durante años sobresalí profesionalmente, pero dentro de mí, cada vez que me ofrecían un ascenso, lo rechazaba. Tenía miedo a crecer y no dar la talla porque no tenía estudios universitarios.
Cuando toqué fondo, además de retomar mi carrera profesional, empecé a estudiar. Como temía ir a la universidad —porque creía que no podría lograrlo— decidí comenzar con algo que me atraía: Coaching y PNL, muy populares en ese tiempo.
Ambas herramientas transformaron mi vida para siempre. Me ayudaron a romper mis creencias limitantes, entre ellas el miedo a estudiar. Me propuse salir de mi zona de confort e ingresar a la universidad. Elegí la carrera de Administración y Gerencia del Emprendimiento en la UPC (Programa EPE). Y grande fue mi sorpresa al graduarme con honores y en primer lugar de la carrera.
La creencia estaba rota. Era falsa. Solo necesité decisión y actitud para demostrármelo. Desde entonces no he dejado de estudiar y de romper todas y cada una de mis creencias limitantes sobre la salud, el dinero, el amor, el trabajo y la amistad.
Me perfeccioné en PNL Avanzada, luego en Hipnosis Ericksoniana. Descubrí mi pasión por enseñar. En 2013 me convertí en Coach Profesional. En 2019 compré mi propio consultorio. Hoy dirijo LGC Centro de Desarrollo Personal y Profesional.
El despertar
Descubrí que todo lo que viví tenía un propósito. Que mi historia era, en realidad, el mapa de mi método. A medida que me formaba, entendí que mi mente había sido mi peor enemiga y, a la vez, mi mejor aliada.
Aprendí que lo que la mente cree, la mente crea. Y cuando cambié mi forma de pensar, mi vida cambió.
Amor, autenticidad y libertad
Encontré el amor verdadero en una mujer maravillosa, con quien llevo 18 años de relación. Amarla me enseñó autenticidad. Me enfrenté al prejuicio, al miedo al qué dirán, y aprendí que la libertad comienza cuando dejas de esconderte.
Mi orientación no solo me enseñó a ser valiente en una sociedad con prejuicios; me hizo profundamente empática con la diversidad humana.La religión que una vez me excluyó me inspiró a buscar mi propia espiritualidad y filosofía: una donde Dios no tiene etiquetas, y el amor al prójimo y a uno mismo es la forma más elevada de fe.
Mi vida hoy tiene equilibrio. Soy abundante en cada área: dinero, profesión, familia, amor, amistad, bienestar físico, emocional y espiritualidad. Sigo trabajando en mí, entendiendo que la esencia del ser humano es crecer hasta el final de sus días.
De paciente a guía: el nacimiento del Método LGC®
Con los años integré todo lo aprendido, no solo en mis estudios, sino también en las múltiples terapias que llevé para sanar y en mi experiencia de vida. Comprendí que ninguna técnica por sí sola puede transformar, pero juntas —cuando se alinean con la consciencia y el propósito— se convierten en un camino de liberación.
Así nació el Método LGC®, una fusión entre Psicología, Coaching, PNL, Hipnosis, Biodescodificación, Constelaciones Familiares, Terapia del Niño Interior y otras herramientas holísticas. Cada disciplina representa una etapa de mi propia sanación.
Hoy, en mi Centro LGC para el Desarrollo Personal y Profesional, la ciencia, la consciencia y la energía conviven como una sola fuerza transformadora.
Mi mensaje al mundo
No nací para dirigir un centro.
Nací para transformar mi dolor en sabiduría, y esa sabiduría en un camino para otros.
Cada herida me mostró una terapia, cada miedo, una herramienta, cada caída, una nueva versión de mí.
Hoy mi propósito es claro:
Ayudar a las personas a cambiar su mentalidad y su actitud, porque cuando cambias la mente, cambias la vida.
“Sanar no es olvidar el pasado, es agradecerle por haberte convertido en el alma que guía a otros hacia su libertad.”