La Bicicleta y Yo

De niña, mi mundo entero cabía en una bicicleta.
Llegaba del colegio, dejaba mis cuadernos a un lado y corría a encontrarme con ella como si fuera un secreto compartido solo entre nosotras. Antes de salir, seguía siempre el mismo ritual: limpiar los aros, el timón, el asiento… quería que brillara. Que se viera tan bonita como yo la sentía por dentro.
Esa bicicleta fue el regalo más especial que me dio Papá. Nunca me importó que se hubiese confundido y me comprara una “bici” de niño en lugar de una de niña. Igual la amé. Era mía. Y eso bastaba.

Había algo mágico en ese timón: cuando lo tomaba, todas mis inseguridades se desvanecían. La niña tímida que salía del colegio se transformaba en alguien valiente, curiosa, capaz.
Cada vez que me atrevía a recorrer una calle nueva, sentía que estaba cometiendo una pequeña osadía… una rebelión dulce contra mis propios miedos. Jugaba sola a explorar, inventando mundos donde solo existíamos mi bicicleta y yo. Nada nos detenía. Todo lo podíamos.

Seguí manejando hasta los quince años. Después de mi primer beso, sin darme cuenta, empecé a dejarla de lado.
Y hace unos días, mientras guiaba un taller sobre la conexión con nuestra niña interior, la recordé con una nostalgia que me apretó el pecho. Me di cuenta de que, sin saberlo, había perdido contacto con el que quizás fue mi primer gran amor: mi bicicleta.


Reflexión finall

A veces, al crecer, dejamos atrás objetos que fueron más que cosas: fueron puertas a nuestra libertad, espejos de nuestra valentía, testigos de nuestra esencia. Y sin embargo, basta un instante de conexión con nuestra niña interior para recordar quiénes éramos antes del miedo, antes del deber, antes del ruido.

Quizás todos deberíamos preguntarnos:
¿Qué bicicleta dejamos estacionada en algún rincón de la vida, esperando que volvamos a subirnos para sentir, otra vez, que podemos con todo?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *