Tenía doce años cuando ocurrió por primera vez.
De pronto, empecé a temblar. Las piernas se movían solas, sentía un frío extraño recorriéndome el cuerpo y el aire parecía no alcanzar. Estaba en casa, rodeada de mi familia, pero dentro de mí solo había miedo y confusión. No entendía qué me estaba pasando.
A los catorce volvió a suceder.
Mientras corríamos en la clase de educación física, el aire me faltó de golpe. Todo comenzó a dar vueltas. Me detuve y sentí una vergüenza inmensa. ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba así?
Otro día, mientras observaba un partido de basket, una compañera recibió un pelotazo en la nariz. Hubo sangre… y en ese instante sentí que el mundo se oscurecía. Caminé como pude hacia el tópico del colegio, intentando sostenerme, intentando entenderme.
No lo sabía entonces, pero ese era el inicio de más de veinte años conviviendo con una sombra:
la ansiedad.
Una sombra que tomaba distintas formas: miedo a ahogarme, a sofocarme, a tragar pastillas, miedo a las alturas, fobia a la sangre, claustrofobia, agorafobia, miedo a enfermar, a morir…
Etapas más intensas, otras más leves, pero siempre ahí.
Como una presencia silenciosa que yo intentaba ignorar mirando hacia otro lado.
Lloré muchas veces sola, preguntándome por qué me sentía así.
No sabía cómo contarlo. Me avergonzaba. No quería que pensaran que estaba “mal”, no quería dar lástima, ni pasar por el dolor adicional de que alguien se burlara de algo que ni yo entendía.
Y entonces aprendí a convivir con esa sombra…
O al menos eso creía.
Me volví más osada de lo que realmente era.
Hacía cosas impulsivas, bebía más de lo que debía, llenaba mi vida de problemas nuevos para no mirar los antiguos.
Por momentos funcionaba, pero luego la sombra regresaba, más grande, más exigente, pidiéndome ser escuchada.
No supe que se llamaba ansiedad hasta los 33 años.
No supe que no era una enemiga, sino un mensaje.
Y fue la vida —con su forma extraña pero perfecta de guiarnos— la que me llevó a comprenderla, a desarmarla, a reconciliarme con ella.
Hoy, mientras conversaba con una clienta con fobias muy marcadas, vi un reflejo de la niña que fui, de la joven que se escondía, de la mujer que se sentía rota sin saber por qué.
Y después de la sesión, di gracias a Dios.
Por haberme dado la fuerza y las herramientas para iluminar mi propia sombra.
Y, sobre todo, por permitirme hoy acompañar a otras personas que viven lo mismo, recordándoles que no están solas y que su sombra también tiene un propósito.
Reflexión final
A veces, aquello que más miedo nos da es justamente lo que viene a mostrarnos nuestra mayor fortaleza.
La ansiedad no fue tu enemiga: fue tu maestra.
Y descubrirlo no solo te liberó a ti… sino que ahora ilumina el camino de quienes llegan a ti buscando esperanza.