Cada uno tenía un nombre.
Los recuerdo como si estuvieran todavía sentados frente a mí: Oso Rosado, Johnny, Tom, Karen, Oso Patilarga, Cristal Barbie, Osita… y tantos otros que llenaban mi infancia de voces y posibilidades.
Mi casa era su ciudad.
La sala era el colegio.
El pasadizo, la estación de bomberos.
La escalera, un microbús rumbo a algún lugar imaginario.
Y cualquier rincón podía transformarse en un cohete espacial o en un pequeño bar donde mis muñecos conversaban como adultos que aún no entendía.
Cada uno tenía su propia casa.
Su propia historia.
Y yo pasaba horas construyéndolas.
Mi hermano y yo no dejábamos de jugar, pero había un juego que era mi favorito:
la escuelita.
Todos mis muñecos sentados, muy atentos a Marianne, la profesora.
Me encantaba ese juego.
Amaba enseñar, ordenar ideas, inventar mundos, escribir pequeñas historias que luego mis muñecos “aprendían”.
Era mi pequeño universo… y yo lo dirigía con una mezcla de ternura y liderazgo que ni siquiera sabía que tenía.
En ese entonces no lo sabía, pero los niños solemos jugar a aquello para lo que ya tenemos talento natural.
Jugamos a lo que nuestro corazón reconoce antes que nuestra mente.
Yo tenía facilidad para enseñar, crear, comunicar, liderar, escribir historias…
Era la niña explorando, sin saberlo, su inteligencia intrapersonal, interpersonal y lingüística.
Años más tarde, Gardner y su teoría de las inteligencias múltiples le pondrían nombre a lo que yo ya era.
Hoy, cuando acompaño a mujeres y hombres en su desarrollo de habilidades y talentos, hay una pregunta que nunca falta:
“¿A qué te gustaba jugar de niño?”
Porque ahí, en esas respuestas aparentemente simples,
en esos juegos que parecían solo juegos…
hay semillas.
Pistas.
Vocaciones.
Talentos que esperan ser recordados.
Reflexión final
La infancia no nos habla en palabras; nos habla en juegos.
Y cuando volvemos a mirar aquello con lo que más disfrutábamos, muchas veces encontramos ahí la brújula que siempre buscamos en la adultez.
A veces, para saber quién eres, basta recordar quién eras cuando no necesitabas demostrar nada.